CÓMO
LAS PERSONAS BUENAS TOMAN DECISIONE DIFÍCILES
Resolviendo los dilemas de le vida ética
Por
Rushworth M. Kidder
Para
ordenar este libro, señale .
Rushworth
Kidder ha desarrollado un guía en la cual él nos demuestra
como bregar paso a paso, con complejos problemas filosóficos
y éticos. Este libro provee un programa original y muy elocuente
utilizando una variedad de anécdotas con propósito de
estimular nuestras propias conclusiones sin recurrir a respuestas simplistas
y definitivas. Ofreciéndonos ideas y sugerencias específicas,
Kidder nos ayuda a darle resolución a dilemas éticos llevándonos
a evaluar y a escoger entre lo que comúnmente pueden ser dos
buenas alternativas. (en cubierta sólida--New York: William Morrow
and Company, 1995; en cubierta de papel--New York: Simon & Schuster,
1996).
| "Una
guía que sirve como modelo de inspiración para un
comportamiento personal muy avanzado y progresista." --Jimmy
Carter, ex-presidente de los Estados Unidos de América
"Rushworth
Kidder es un excelente filósofo de la gente que logra explicar
con sencillez y llega al punto de principios abstractos por medio
de ejemplos obtenidos en la vida real. El producto es una valiosa
guía para la fomentación de una inteligencia juiciosa
y moral." --Bill Bradley, ex-senador de los E.U.A.
"Un
magnífico análisis que abiertamente confronta todas
las polémicas y a la vez ofrece enseñanza para lectoresinteresados
pero no necesariamente poseídos de entendimiento especializado
en esa área." --Kirkus Reviews
|
Aquí
les presentamos el capítulo primero de Cómo las personas
buenas toman decisiones difíciles. Las páginas están
enumeradas de acuerdo al libro.
Capítulo
1
Visión
Preliminar: Bueno versus Bueno
Todos nos
enfrentamos a opciones difíciles.
A veces
las evadimos. A veces las confrontamos. Incluso cuando las confrontamos,
sin embargo, no siempre decidimos resolverlas. A veces simplemente meditamos
sin cesar sobre los posibles resultados o nos atormentamos buscando salidas
alternativas.
Incluso
cuando sí tratamos de resolverlas, no siempre lo hacemos por medio
de una auto-reflexión activa. A veces simplemente nos abrimos paso a fuerza
de impaciencia y dogmatismo - como si resolver el problema fuera
más importante que hacer lo correcto.
Este libro
es para aquellas personas que desean confrontar y resolver opciones difíciles
por medio de la auto-reflexión activa. Estas son las personas que, al
fin y al cabo, a menudo consideramos como personas "buenas." Son buenas,
decimos, porque parecen tener un sentido de visión consciente, un sustrato
profundo de valores éticos, que les proporciona suficiente coraje como
para enfrentar las opciones difíciles. Eso no significa que tienen menos
problemas que otras personas. Todo lo contrario: aquellos que viven en
la proximidad de sus valores básicos probablemente meditan sobre opciones
que para otras personas más superficiales ni siquiera constituyen problemas.
Los valores
sólidos plantean opciones difíciles, y las decisiones nunca son fáciles.
Este fue
el caso de una bibliotecaria que hace algunos años trabajaba en la sección
de referencia de la biblioteca pública en su comunidad. Sonó el teléfono.
Su interlocutor, un varón, deseaba obtener información sobre la legislación
aplicable en casos de violación sexual. La bibliotecaria le hizo algunas
preguntas a fin de clarificar la naturaleza de su consulta. Entonces,
siguiendo la política aceptada en aquella biblioteca de evitar mantener
innecesariamente ocupadas las líneas telefónicas, le explicó que en breve
le devolvería la llamada luego de investigar el tema. Tomó nota de su
nombre y teléfono, y colgó. Estaba por levantarse para ir a efectuar la
investigación, cuando se le acercó un hombre que había estado sentado
en el área de lectura próximo al mostrador de la sección de referencia.
Era un detective de la policía, quien luego de identificarse, le pidió
el nombre y teléfono
1
Para
el principio
de la persona
que había llamado. Había escuchado parte de la conversación, y sospechaba
que se trataba del autor de una violación que había ocurrido en esa comunidad
la noche antes.
¿Qué debía
hacer? Por un lado, ella era miembro de la comunidad. Estaba muy consciente
de la necesidad de mantener la ley y el orden. Como mujer, le preocupaba
la posibilidad de que un violador anduviera suelto en su comunidad, y
como ciudadana deseaba hacer todo lo posible para reducir la posibilidad
de que pudiera atacar de nuevo. ¿Qué pasaría si se rehusara a colaborar
con el detective - y ocurriera otra violación esa misma noche?
Por otro
lado, también era de la opinión que su ética profesional como bibliotecaria
le obligaba a proteger la confidencialidad de todos sus clientes.
Ella pensaba que el libre acceso a la información es vital en una democracia,
y que si las personas que buscan información son vigiladas y categorizadas
simplemente en base al tipo de preguntas que hacen, entonces nos acercamos
rápidamente al estado-policía. El derecho a la privacidad, pensaba, debe
ser para todos. Al fin y al cabo, ¿no podría tratarse simplemente de un
estudiante investigando un trabajo sobre el tema para una clase de educación
cívica?
El dilema
que enfrentaba era claramente del tipo bueno-versus-bueno. Es bueno apoyar
a la comunidad en su afán de mantener la ley y el orden. Pero también
es bueno respetar la confidencialidad, como lo requería su código de ética
profesional. ¿Por qué se le dificultaba tanto la decisión? Precisamente
porque sus valores estaban tan bien definidos. Si no le preocupara tanto
la confidencialidad de la información - que nace, en última instancia,
de un deseo de honrar y respetar a cada miembro de la comunidad - quizá
no hubiera dudado en proporcionar el nombre a la policía. En su afán de
colaborar en la captura de un criminal, podría haberse sometido tan completamente
a la autoridad del oficial que nunca se habría dado cuenta cuán rápidamente,
en su mente, el autor de la llamada se convertía en "el criminal" antes
de haber sido cuestionado siquiera. Por otro lado, si se hubiera aferrado
ciegamente a su deber profesional, podría no haber considerado siquiera
sus obligaciones para con la comunidad. Podría haber insistido simplemente
en el principio de confidencialidad, sin apreciar el posible conflicto
con una necesidad social urgente.
Las opciones
difíciles no siempre involucran delitos o códigos de ética profesional,
y tampoco se trata siempre de asuntos de gran importancia o muy llamativos.
A menudo se presentan en áreas donde no existen leyes o regulaciones aplicables.
Ese fue el caso del ejecutivo
2
Para
el principio
de una empresa
manufacturera a nivel nacional, quien enfrentó una situación de este tipo
poco después de asumir la gerencia de una de las plantas de su empresa en
California. Cada año, le informaron, el productor de una de las series televisas
más populares de Hollywood filmaba un segmento para uno de sus programas
en el parqueo de la planta. Con la autorización de los ejecutivos de la
oficina central de la corporación, al equipo de filmación se le permitía
hacer su trabajo sin costo - típicamente en un día Sábado, cuando el parqueo
estaba vacío - y todos los años el Sr. Gray, el anterior gerente de la planta,
sacrificaba parte de su fin de semana a fin de estar presente y colaborar
con el equipo televisivo en lo que fuera necesario.
Por tanto,
este año el nuevo gerente de la planta hizo lo mismo. La filmación se
llevó a cabo de acuerdo a lo previsto, y al final del día, el productor
se le acercó, le agradeció por su ayuda, y le preguntó a nombre de quién
debía hacer el cheque por quinientos dólares. Sorprendido, el gerente
de la planta contestó que debía hacerse a nombre de la empresa. Sorprendido
a su vez, el productor dijo, "Oh, está bien. Antes siempre lo hacíamos
a nombre del Sr. Gray. ¿No deberíamos simplemente hacerlo a nombre suyo?"
¿Opción
difícil? En cierto sentido, sí. La corporación, que no perdía nada ni
incurría en gasto alguno como resultado de la filmación, no exigía ni
esperaba ningún tipo de pago. El gerente de la planta, por otro lado,
había sacrificado un día entero de su fin de semana sin compensación adicional.
Sin embargo, el activo que había hecho posible la filmación, el parqueo,
no le pertenecía a él sino a la corporación. ¿De quién era este dinero?
¿Era un pago a la corporación, o una contribución por sus servicios personales?
Si se trataba de esto último, ¿era una especie de soborno, a fin de asegurar
que el sitio seguiría estando disponible el año entrante, o un gesto de
apreciación por su ayuda y colaboración? Es más, si decidiera entregar
el cheque a la empresa, ¿no llevaría eso a preguntas sobre lo que sucedió
con el dinero del año pasado, causando problemas para Gray, quien quizá
razonó la cuestión de otra manera y no tenía problemas con aceptar el
pago? ¿O descubriría esa investigación que este incidente formaba parte
de una serie de malos manejos por parte de Gray, quien podría haber estado
usando con regularidad los bienes de la empresa para provecho propio?
El gerente sabía que muchas personas en su posición aceptarían el cheque,
murmurando quizá alguna frase de apreciación, en una actitud de vive-y-deja-vivir.
Para él, no era tan fácil - debido a la fuerza de sus valores centrales
de honestidad, integridad y equidad, y su deseo de evitar incluso la apariencia
de una mala acción.
3
Para
el principio
Con todo, pensaba
que ambas opciones eran correctas - era correcto que recibiera alguna compensación,
pero también era correcto que la empresa recibiera los pagos efectuados.
Las opciones
difíciles, típicamente, enfrentan un valor "correcto" contra otro. Esto
es cierto en todos los ámbitos de la vida - empresariales, profesionales,
personales, cívicos, internacionales, educacionales, religiosos, etc.
Consideremos que:
- Es correcto
proteger al búho moteado, especie en peligro de extinción en los bosques
naturales del Noroeste norteamericano - y también es correcto proporcionar
fuentes de trabajo para los leñadores.
- Es correcto
respetar el derecho de la mujer a tomar decisiones que afectan su propio
cuerpo - pero también es correcto proteger las vidas de los que aún
no han nacido.
- Es correcto
proporcionar a nuestra niñez las mejores escuelas públicas posibles
- y también es correcto impedir el constante incremento en los impuestos
locales y estatales.
- Es correcto
proporcionar a todos los mismos servicios sociales, independientemente
de raza u origen étnico - pero también es correcto otorgar atención
preferencial a aquellas personas cuyos antecedentes culturales los han
desprovisto de oportunidades en el pasado.
- Es correcto
no intervenir en los asuntos internos de naciones soberanas - pero también
es correcto ayudar a proteger a los indefensos en áreas de conflicto
cuando podrían ser víctimas de genocidio.
- Es correcto
suspender al jugador estrella del equipo de fútbol que fue sorprendido
emborrachándose la noche antes del juego de campeonato - y también es
correcto presentar la mejor alineación posible para el juego decisivo.
- Es correcto
restringir la importación de productos fabricados en países sub-desarrollados
bajo condiciones que deterioran el medio ambiente - pero también es
correcto proporcionar fuentes de trabajo, aunque sea con salarios bajos,
para los ciudadanos de esos países.
- Es correcto
denunciar al pastor culpable de un amorío con una mujer de su parroquia
- pero también es correcto mostrar clemencia por el único error grave
que ha cometido en su vida.
- Es correcto
averiguar todo lo posible acerca de los costos y estructuras de precios
de la competencia -pero también es correcto obtener información sólo
por medio de canales legítimos.
4
Para
el principio
- Es correcto
llevar la familia a tomar una merecida vacación - y también es correcto
ahorrar ese dinero para financiar la educación de los hijos.
- Es correcto
brindar apoyo a una opinión minoritaria en el club - pero también es
correcto permitir que decida la mayoría.
- Es correcto
defender el principio de libertad creativa y estética para el encargado
de la exhibición fotográfica del museo local - pero también es correcto
respetar el deseo de la comunidad de evitar la exhibición de obras pornográficas
o racialmente ofensivas.
- Es correcto
castigar a los empleados que toman decisiones tontas que ponen en peligro
a la empresa - pero también es correcto mostrar suficiente compasión
como para mitigar el castigo y darles otra oportunidad.
Lo que está
en el fondo de nuestras opciones más difíciles, entonces, es un problema
de bueno-versus-bueno. ¿Significa eso que no existen opciones del tipo bueno-versus-malo?
¿Será que lo "malo" es solamente lo que otra persona opina acerca de aquello
que yo considero "bueno"?
No. El mundo,
lamentablemente, enfrenta bastantes situaciones de bueno-versus-malo.
Evadir impuestos, mentir bajo juramento, pasarse un semáforo en rojo,
comprarle a su hijo de catorce años un boleto para menores, inflar la
cuantía de los daños en el reclamo de un seguro contra accidentes automovilísticos
- el mundo abunda en instancias que, aunque comunes, son generalmente
consideradas incorrectas. Pero las opciones bueno-versus-malo son muy
diferentes a las opciones bueno-versus-bueno. Estas últimas afectan nuestros
valores más profundos y centrales, enfrentándolos en dilemas que jamás
podrán resolverse simplemente suponiendo que una de las opciones es la
"incorrecta." Las opciones bueno-versus-malo, en cambio, no tienen la
misma profundidad: si nos acercamos, empezamos a percibir el mal olor.
Dos frases cortas resumen la diferencia: si podemos describir las opciones
bueno-versus-bueno como "dilemas éticos," para las opciones bueno-versus-malo
podemos emplear la frase "tentaciones morales."
Cuando las
personas buenas confrontan opciones difíciles, rara vez se debe a que
enfrentan una tentación moral. Sólo las personas que viven en un vacío
moral pueden decir, "Por un lado está lo bueno, lo correcto, lo verdadero
y noble. Por otro lado está lo atroz, lo malo, lo falso y lo bajo. Aquí
estoy yo, y los dos me resultan igualmente atractivos." Si una opción
es obviamente incorrecta, usualmente no
5
Para
el principio
la consideramos
seriamente. Si tenemos la alternativa de discutir un problema con el jefe,
o acribillarlo a balazos en el parqueo, no consideramos que ésta última
sea una opción válida. Por cierto, podríamos sentir la tentación de hacer
algo malo - pero sólo porque lo malo nos parece, quizá momentáneamente y
en algún ligero aspecto, como algo bueno. Para la mayoría de las personas,
sólo se requiere un poco de reflexión para reconocer que el lobo de la tentación
moral se está vistiendo con la piel de oveja de un aparente dilema ético.
Las opciones
realmente difíciles, entonces, no son del tipo bueno-versus-malo.
Son del tipo bueno-versus-bueno. Son dilemas genuinos precisamente porque
cada lado está firmemente arraigado en alguno de nuestros valores centrales.
Cuatro de estos dilemas son tan comunes en nuestra experiencia que constituyen
modelos o paradigmas:
- Verdad
versus lealtad
- Individuo
versus comunidad
- Corto
plazo versus largo plazo
- Justicia
versus compasión
Las palabras
que utilizamos son menos importantes que las ideas que reflejan: Sea que
lo llamemos ley versus caridad, equidad versus clemencia, o justicia versus
afecto, en todo caso estamos hablando de alguna forma de justicia versus
compasión. Lo mismo con los otros casos. Los nombres podrán ser flexibles,
pero no los conceptos: Estos cuatro paradigmas son al parecer tan fundamentales
para las opciones difíciles que todos enfrentamos, que podríamos denominarlos
dilemas paradigmáticos. Estos paradigmas se explican en más detalle
en los Capítulos 5 y 6. A continuación, sin embargo, proporcionamos un
ejemplo de cada uno:
Verdad
versus lealtad. Como profesional empleado en una gran empresa electrónica
en la industria militar, Stan estaba constantemente preocupado por la
posibilidad de un despido. Cada cierto número de años, la gerencia despedía
personal a medida que mermaba la actividad - para luego recontratar cuando
la situación mejoraba. Cuando Stan y sus colegas notaron que los altos
ejecutivos nuevamente se reunían a puerta cerrada, empezaron a sospechar
lo peor.
El jefe
de Stan, sin embargo, era un buen amigo - y también un
6
Para
el principio
poco locuaz.
Por eso, Stan no dudó en preguntarle sobre su futuro. Su jefe le explicó
en detalle el plan de contingencia - y le mencionó que si fuera necesario
despedir a alguien, Jim, un colega de Stan, sería el que perdería su empleo.
También le hizo ver que esta información era estrictamente confidencial.
Poco después
de esa conversación, Jim se acercó a Stan y le pidió que confirmara el
rumor de que él sería el próximo en ser despedido. Stan claramente se
enfrentaba al dilema de verdad-versus-lealtad. Puesto que sabía la verdad,
la honestidad le obligaba a contestar con veracidad. Pero le había prometido
a su jefe mantener la confiden-cialidad de la información, y tenía un
fuerte sentido de lealtad. Cualquiera de las dos opciones, entonces, sería
"correcta." Pero no podía escoger ambas.
Individuo
versus comunidad. A mediados de los años 80's, la administración de
una residencia para ancianos en California recibió una carta de un hospital
universitario cercano, donde usualmente iban sus residentes a recibir
tratamientos médicos. La carta le recordaba que cinco de sus residentes
habían sido recientemente sometidos a tratamientos quirúrgicos en el hospital,
y también le informaba que los médicos sospechaban que parte de la sangre
usada para transfusiones podría haber estado contaminada con el virus
HIV. Aunque se aclaraba que la probabilidad de infección era muy baja,
se le pedía llamar inmediatamente al hospital a fin de hacer arreglos
para tomar muestras adicionales de estas cinco personas.
Esta carta,
recuerda el administrador, le planteó un problema muy dramático: ¿Qué
decir, y a quién decírselo? Dado el nivel de ignorancia sobre el SIDA,
tanto a nivel profesional como entre el público - debemos recordar que
esto era a mediados de los 80's, cuando era poco lo que se conocía sobre
la enfermedad, y las regulaciones legales tampoco ofrecían pautas claras
- estaba seguro que si le informaba a sus empleados, estarían tan atemorizados
que se rehusarían a entrar en las habitaciones de estas cinco personas,
por lo que sería imposible ofrecerles ni siquiera un mínimo de atención
y cuidado. ¿Pero si no les informaba y alguno de ellos contraía SIDA?
Sería su culpa.
Al final,
luego de las pruebas, ninguno de los cinco resultó positivo. Pero el administrador
no contaba con esa información en ese momento. ¿Qué debía hacer? Sabía
que era correcto respetar los derechos individuales de cada uno de estos
cinco residentes - la privacidad de sus historiales médicos, la expectativa
de recibir buena atención, su dignidad como personas. Era correcto, en
otras palabras, no decir nada.
7
Para
el principio
Por otro lado,
sabía también que era correcto proteger a la comunidad de una enfermedad.
Sus empleados no habían sido contratados para realizar trabajos de alto
riesgo. La mayoría de ellos no se consideraban como miembros de una profesión
peligrosa a la que habían acudido por una noble vocación y sometidos a intenso
entrenamiento, sino como simples trabajadores no-calificados. Quizá todos
amanecerían enfermos el día después del anuncio, con tal de ausentarse del
trabajo. Pero eso no importaba: Merecían protección, a fin de que pudieran
seguir atendiendo, con todos los cuidados del caso, a todos los otros
residentes. Era correcto entonces decirles. Las dos opciones eran correctas,
pero no podía escoger ambas.
Corto
plazo versus largo plazo. Andy estudió una carrera científica, y cuando
se graduó de la universidad encontró un buen trabajo en su profesión,
se casó, y tuvo dos hijos. Doce años después, se mudó a otra empresa que
le ofrecía posibilidades de un cargo gerencial. Amaba a su familia, y
admiraba a su esposa por su dedicación en la educación de los chicos,
pero también había advertido que sus hijos, que se acercaban a la adolescencia,
se beneficiaban mucho de sus consejos paternales - especialmente a medida
que se acercaban a lo que él y su esposa se daban cuenta que podría ser
un difícil período de transición en sus vidas. Decidió por tanto pasar
bastante tiempo con ellos, jugando béisbol y ayudándoles en sus tareas
escolares.
Pero también
le gustaba su trabajo, y lo hacía bien. Pronto resultó evidente que para
poder ascender en la empresa, necesitaría una maestría en administración
de empresas. Una universidad cercana ofrecía un atractivo programa de
clases nocturnas y durante fines de semana, que le permitiría seguir a
tiempo completo con su empleo actual, pero absorbería varios años de su
vida, y su esposa tendría que encargarse de la mayoría de las actividades
familiares.
El dilema
de Andy enfrentaba corto plazo contra largo plazo. Era correcto, pensaba
él, respetar las necesidades de su familia en el corto plazo - apegarse
más a sus hijos en un momento en sus vidas en que la influencia paterna
podría ser muy importante. Pero también era correcto pensar en las necesidades
de su familia en el largo plazo - educarse más a fin de garantizar mejores
ingresos en los años venideros, para poder financiar la educación universitaria
de sus hijos.
Ambas opciones
eran correctas, pero no podía hacer las dos cosas.
Justicia
versus compasión. Como jefe de redacción de un periódico importante,
yo estaba a cargo de varios departamentos muy diversos. Al igual que la
mayoría de los diarios, el nuestro incluía
8
Para
el principio
reportajes
especiales sobre temas educativos, libros, ciencias y artes - además de
reportajes sobre carros, ajedrez, espectáculos, jardinería y gastronomía.
Pronto aprendí que lo verdaderamente importante en cualquiera de estos temas
es la calidad del escritor, y que incluso en áreas que no me interesaban
particularmente, un reportaje bien escrito podría captar (y mantener) mi
interés tanto o más que una noticia de primera plana. Por eso siempre tratábamos
de contratar a jóvenes que pudieran escribir bien, independientemente de
cualquier otro talento que pudieran tener.
Teníamos
una jovencita con precisamente estas características en nuestra sección
culinaria. Era graduada de una de las mejores universidades, y había progresado
rápidamente, a tal punto que, en calidad de asistente de redacción, escribía
con regularidad. Un día, cuando vi que había presentado un artículo sobre
las moras silvestres del estado de Maine, me dio mucho gusto ver que estaba
programado para ser publicado en una fecha próxima.
Al día siguiente,
aparté la vista de la pantalla de mi computadora, y me encontré con la
encargada de la sección culinaria, una mujer con décadas de experiencia
periodística. Estaba parada, en silencio, frente a mi escritorio. En una
de sus manos tenía una copia del reportaje sobre las moras, escrito por
su joven asistente. En su otra mano sostenía un viejo y desgastado libro
de cocina, publicado unos treinta años atrás. En las páginas de ese libro
se encontraba el reportaje de nuestra joven amiga, íntegro, palabra por
palabra.
El pecado
capital del periodismo, el pecado supremo, es el plagio. Esto debería
insistírsele constantemente al joven periodista; nada destruye una carrera
más rápidamente que el plagio; no hay peor engaño para el lector; y nada
es más difícil de detectar. Este no era un dilema ético - no se trababa
de un caso de bueno-versus-bueno. Para nuestra joven amiga era un caso
de bueno-versus-malo - una tentación moral pura y simple - y ella había
escogido lo incorrecto.
Para mí,
sin embargo, sí era un dilema ético. Me sentía desgarrado por dos
deseos conflictivos. Por un lado, tenía ganas de saltar de mi asiento
y dirigirme directamente al escritorio de la asistente - luego voltearlo,
regar sus contenidos por el piso de la oficina de redacción, tomarla del
pescuezo, lanzarla a la calle, y gritarle "¡Nunca vuelvas! ¡y que
no sepa yo de que estás trabajando como periodista en otra parte!" Mi
otro yo deseaba acercarse a su escritorio con calma, tomar una silla,
y preguntarle, "¿Qué te está pasando? Sabes muy bien que eso no se hace.
¿Tienes algún problema en tu vida personal? Vamos a tomarnos un café -
tú y yo tenemos que hablar."
9
Para
el principio
Parte de mi,
en otras palabras, deseaba aplicar la ley sin contemplaciones - un castigo
rápido y ejemplar, que quedara para siempre grabado en los anales del periodismo
norteamericano - a pesar de que, si lo hiciera, la mitad de mis colegas
murmurarían, "Fascista desalmado, ¡qué rígido!" Por otro lado, también deseaba
ser compasivo, extender una mano amiga a una persona que al parecer la necesitaba
desesperadamente - aunque si lo hacía, la otra mitad de mis colegas pensarían,
"¡Es tan liberal que no le importa que se cometan delitos!"
Era correcto
ser compasivo. También era correcto hacer respetar las reglas. Pero no
podía hacer ambas cosas a la vez.
Este último
caso ofrece dos útiles lecciones. Primero, los dilemas tienen actores.
Cualquier análisis debe empezar con una pregunta: ¿De quién es este dilema?
Para la joven escritora, era un caso de bueno-versus-malo. Para mí, era
un caso de bueno-versus-bueno. Para la encargada de la sección culinaria,
estoy seguro que era otro tipo de dilema bueno-versus-bueno: ¿Confronto
directamente a mi asistente, o apelo a una autoridad superior?
Segundo,
la manera en que este problema fue eventualmente resuelto nos ilustra
un punto importante. Las soluciones a menudo surgen cuando, al analizar
un dilema ético que parece ser rígidamente bipolar, apreciamos un camino
intermedio que se abre entre las dos opciones. En este caso, encontramos
esa vía intermedia. Descubrimos que nuestra joven asistente tenía, en
efecto, serios problemas personales. Y puesto que su reportaje sobre las
moras silvestres aún no se había publicado, nos quedaba algún margen para
maniobrar. Le cambiamos a la sección editorial, en el entendido de que
ya no escribiría más. Mantuvo ese cargo por varios años, y eventualmente
dejó el periódico para tomar un empleo fuera del periodismo.
Al escuchar
y analizar cientos de dilemas éticos similares a éstos, he encontrado
que generalmente se ajustan a uno (o más) de los cuatros paradigmas. ¿Pero
eso qué? ¿De qué manera nos ayuda este proceso de identificar un paradigma
determinado?
Creo que
nos ayuda de tres maneras:
- Nos ayuda
a penetrar el velo de misterio, complejidad y confusión - dándonos la
seguridad de que, por más multifacéticos que sean, los dilemas pueden
ser reducidos a elementos comunes. Al hacerlo, nos hace caer en la cuenta
de que este dilema - el que de un rato a otro cayó en mi despacho
a media tarde de un Martes común y corriente - no es un evento único
creado sui generis de la nada y que jamás le ha ocurrido a ninguna
otra persona en el universo. Más bien, se trata de un problema manejable,
muy similar a otros muchos problemas, y susceptible de ser analizado.
10
Para
el principio
- Nos permite
pasar por alto los detalles irrelevantes para ir directamente al meollo
de la cuestión. Bajo este tipo de análisis, el hecho fundamental que
lo convierte en un auténtico dilema - el conflicto de valores morales
básicos - resalta con toda claridad. Al percibir este choque de valores,
podemos ver fácilmente por qué tenemos un conflicto: Cada valor es bueno,
y ambos son excluyentes.
- Nos permite
distinguir situaciones bueno-versus-bueno de situaciones bueno-versus-malo.
Mientras más experiencia tenemos con dilemas éticos genuinos, nos damos
cuenta cada vez más de que éstos encajan naturalmente en alguno de estos
paradigmas, por lo que cualquier situación que se ajusta a uno o más
de los paradigmas debe ser realmente un caso de bueno-versus-bueno.
¿Pero qué pasa con aquellas situaciones que aparentemente plantean un
dilema ético, pero que resisten todo intento de identificarlas con alguno
de los paradigmas? Generalmente no encajan por una sencilla razón: Resulta
que en realidad son casos de bueno-versus-malo. Cualquier intento
de aplicar uno de los cuatro paradigmas sólo produce frustración. Se
aprecia inmediatamente que una de las opciones es correcta, pero no
así la otra. ¿Por qué? Porque no tiene nada de bueno: Es malo. De este
modo, los paradigmas proporcionan una prueba de ácido que nos ayuda
a diferenciar entre dilemas éticos y tentaciones morales.
Pero analizar
un dilema - incluso identificarlo con alguno de nuestros paradigmas -
no es lo mismo que resolverlo. Una solución nos obliga a escoger la opción
más correcta bajo las circunstancias, y eso requiere algunos criterios
para la toma de decisiones.
Los tres
principios que detallamos a continuación han sido tomados de las tradiciones
de la filosofía moral. De las muchas teorías que han sido propuestas para
la toma de decisiones éticas, éstas tres son particularmente útiles para
ayudarnos a pensar con claridad acerca de problemas del tipo bueno-versus-bueno.
Cada uno de estos principios nos da una manera de evaluar las opciones
de un dilema, y cada uno está respaldado por una larga y noble tradición.
Cada uno de estos principios, como veremos en capítulos subsiguientes,
tiene poderosos argumentos en su favor - y también poderosos argumentos
en contra. Para mayor claridad, les asignaremos etiquetas taquigráficas:
hablaremos del principio utilitario, del principio categórico,
y del principio solidario. Estos principios se discuten en más
detalle en el Capítulo 7, pero aquí daremos una explicación muy resumida
de cada uno.
11
Para
el principio
Pensamiento
utilitario. Conocido entre filósofos como utilitarismo, este
principio es mejor conocido por la máxima Haz aquello que produzca el
mayor beneficio para el mayor número posible de personas. Exige que
hagamos una especie de análisis costo-beneficio, determinar quién se perjudica
y quién se beneficia, y medir la intensidad de ese beneficio. Es la piedra
angular de todo debate sobre políticas públicas: La mayor parte de la legislación,
hoy en día, se elabora con este criterio utilitario en mente.
Este principio
se fundamenta en una evaluación de consecuencias, una predicción de resultados.
De hecho, los filósofos típicamente se refieren al utilitarismo como una
especie de consecuencialismo - para ser más precisos, es un principio
teleológico, derivado del vocablo griego teleos, que significa
"finalidad" o "resultado." ¿Por qué? Porque no se puede determinar el
"mayor beneficio" sin especular acerca de probables resultados. De ahí
la designación de "teleológico": El utilitarismo examina posibles resultados,
y escoge el que produce los mayores beneficios para la mayoría.
Pensamiento
categórico. A menudo asociado con el nombre del filósofo alemán Immanuel
Kant, este principio es mejor conocido por lo que Kant llamaba "el imperativo
categórico." Kant lo expresaba así: "Actúa en todo momento como si la
máxima de su conducta pudiera convertirse en principio de legislación
universal." En palabras más simples, esto significa, "Sólo obedece el
principio que quisieras que todos los demás obedezcan." En otras palabras,
actúa de tal manera que tus acciones pudieran convertirse en una norma
de conducta universal que los demás tuvieran que obedecer. Pregúntate,
"Si todo el mundo adoptara la regla de conducta que yo estoy siguiendo,
¿crearía eso el mayor bien o [en palabras de Kant] la mayor 'nobleza de
carácter'?"
Esta forma
de pensar se opone directamente al utilitarismo. Al argumentar que el
consecuencialismo tiene defectos irremediables - ¿cómo podemos, al fin
y al cabo, siquiera imaginar que podemos conocer todas las consecuencias
de nuestras acciones? - el pensamiento categórico propone que actuemos
únicamente en base a reglas fijas. No pensemos en los resultados: Atengámonos
a nuestros principios, sean cuales sean las consecuencias. Esta forma
de pensar, basada en el concepto de deber - no lo que creemos que
podría funcionar, sino lo que debemos hacer - es conocido entre los filósofos
como pensamiento deontológico, que deriva del vocablo griego deon
("obligación" o "deber").
Pensamiento
solidario. Este principio, que plantea ante todo el
12
Para
el principio
amor al prójimo,
se conoce más frecuentemente bajo la forma de la Regla de Oro: Haz a
los demás lo que quisieras que ellos te hicieran a ti. Este principio
tiene una característica que los filósofos llaman reversibilidad:
En otras palabras, nos pide que evaluemos nuestras acciones colocándonos
en el lugar de la otra persona e imaginando cómo nos sentiríamos si fuéramos
el objeto (en lugar del perpetrador) de nuestras acciones. Aunque a menudo
es asociado con el cristianismo - al fin y al cabo, Jesús dijo, "todas las
cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced
vosotros con ellos" (Mateo, 7:12) - de hecho es tan universal que figura
como elemento central de las enseñanzas de todas las grandes religiones
del mundo. Si bien algunos filósofos (incluyendo Kant) han cuestionado su
validez como principio práctico, para muchas personas es la única regla
ética que conocen, y por tanto merece consideración por el cemento moral
que ha proporcionado a lo largo de los siglos.
¿Cómo se
aplican estos principios? Primero, consideremos unas situaciones hipotéticas.
Está usted caminando por un centro comercial un día, cuando la mujer que
va delante abre su bolso y saca un pañuelo. Sin darse cuenta, se le cae
al suelo un billete de diez dólares. Usted lo recoge y se lo entrega.
Desde la
perspectiva kantiana, usted acaba de invocar una norma o máxima - en este
caso, "Nunca robes" - que usted desearía ver universalizada. Es evidente
que si toda la gente actuara como usted lo hizo en condiciones similares,
el mundo sería mucho mejor.
Pero supongamos
que más tarde usted está comiendo un helado de cono. Ya casi lo ha terminado,
y sólo queda el poco atractivo extremo del cono, que ya está mojado y
pegajoso. Si lo sostiene mucho tiempo más, el helado derretido empezará
a escurrir por su mano y su brazo. No hay basureros a la vista, aunque
detrás de usted hay un pequeño seto ornamental, bajo el cual se pueden
ver algunas basuras tiradas. Se le ocurre tirar los restos del cono bajo
el seto - pero (dado que su estado de ánimo hoy es desusadamente filosófico)
no sin antes reflexionar sobre los tres principios de resolución antes
enumerados.
Empecemos
con el principio utilitario. Una rápida evaluación de las consecuencias
sugiere que (1) el centro comercial probablemente tiene personal de limpieza
para recoger la basura, (2) probablemente el seto es visitado con regularidad
por ardillas, pájaros, y hormigas, y (3) no hay otras personas a la vista
comiendo helados. Su pequeño resto de cono no afectará al seto ni al nivel
general de limpieza en el
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Para
el principio
centro comercial:
En otras palabras, será un acto sin mayores consecuencias. Tírelo.
Un momento,
dice el kantiano. Recuerde que está usted sentando un precedente para
el mundo entero. Si lo tira bajo el seto, tendrá que permitir que de ahora
en adelante todo el mundo tire sus restos de helados bajo setos
ornamentales, hasta que todos los centros comerciales del mundo queden
completamente inundados en basura. ¿Ejemplo exagerado? Sí. Pero nos ayuda
a recordar que la única razón por la que el utilitarista piensa que puede
"salirse con la suya" es porque son pocas las personas que harán lo mismo
que nosotros acabamos de hacer, y por tanto nuestra acción tendrá mínimas
consecuencias en un universo tan grande. Pero se pregunta el kantiano,
¿es ésa una buena razón para violar una norma? ¿Realmente quisiéramos
que los demás se comporten así?
Lo que nos
lleva precisamente a la Regla de Oro: No hagas lo que no quisieras que
hagan los demás. ¿Cómo reaccionaríamos si esa mujer de allá tirara su
cono de helado detrás del seto? ¿Qué tal una colilla de cigarrillo? ¿Qué
tal la mitad de su emparedado? ¿Qué tal una bolsa entera de restos de
comida? ¿No nos sentiríamos por lo menos ligeramente ofendidos? Entonces,
¿qué de la mujer que iba detrás de usted cuando tiró su helado? - ¿y qué
del niño que la acompañaba? ¿Acaso no queremos que otros adultos den buenos
ejemplos para nuestros hijos (incluso en situaciones en las que una acción
que podría describirse como un mal ejemplo es posiblemente perdonable
y quizá incluso justificable)?
No se trata
aquí de realizar tres pruebas, y luego tomar una votación para ver cuál
opción gana por tres-cero o dos-uno. Se trata de razonar. Los principios
no son útiles porque nos brinden una respuesta tajante para nuestro dilema.
No son un instrumento mágico capaz de generar soluciones infalibles: Si
así fuera, la ética sería un asunto mucho más sencillo, y los problemas
morales de la humanidad ya se hubieran solucionado satisfactoriamente
siglos atrás. No, los principios son útiles porque nos permiten ejercitar
nuestro raciocinio moral. Nos dan diferentes perspectivas para examinar
nuestros dilemas, diferentes criterios para evaluarlos. Para ver cómo
funcionan los principios, consideremos dos de los dilemas ya planteados:
el caso de la bibliotecaria, y el caso de la joven periodista que cometió
plagio.
¿Qué debería
hacer la bibliotecaria? Al analizar su dilema, el paradigma que más parece
ajustarse es el de individuo versus comunidad: el derecho a la privacidad
del originador de la consulta versus el derecho de la comunidad de vivir
sin temor. Un utilitarista,
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Para
el principio
al examinar
las consecuencias y la cantidad de personas involucradas, bien podría aconsejarle
que entregue el número telefónico a la policía. El bien de la comunidad,
en esta perspectiva, debe prevalecer sobre los derechos del individuo. ¿Qué
si es inocente? ¿Qué si la policía, en su afán de obtener una confesión,
le hacen la vida imposible? Eso sería lamentable, pero está implícito en
el utilitarismo: Escoger lo más conveniente para la mayoría implica que
de vez en cuando a la minoría le tocará algo no tan bueno - a veces incluso
algo muy malo. Supongamos (continúa el utilitarista) que la bibliotecaria
se niega a entregar el número - y esa misma noche ocurre una segunda violación.
Supongamos que vuelve a suceder todas las noches. ¿Acaso no tiene la comunidad
derecho de que se le proteja?
El imperativo
categórico ofrece una perspectiva diferente. El kantiano, al argumentar
que lo más sagrado es el deber, bien podría aconsejarle a la bibliotecaria
que considere en primera instancia su sentido de obligación profesional.
La norma es muy simple: No divulgar los nombres de las personas que llaman
para pedir información. No importa cuáles sean las circunstancias, simplemente
no lo haga, porque si lo hace, entonces está usted diciendo que todos
los bibliotecarios del mundo deberían hacerlo.
De hecho,
al explicar su razonamiento en este caso, la bibliotecaria que nos relató
este dilema lo respaldó con otro ejemplo. Suponga que un pequeño empresario
local tiene una brillante idea, y decide instalar un campo de mini-golf.
Llama a la biblioteca para pedir información sobre cómo construirlo. Esta
información inmediata-mente se divulga, y otro empresario muy adinerado,
que ya tiene un terreno y bastante financiamiento, decide hacerlo él mismo
antes de que el empresario pequeño haya tenido la oportunidad de siquiera
explorar las posibilidades. Su conclusión: Los bibliotecarios tienen la
obligación de proteger la identidad de las personas que buscan información,
a fin de asegurar el uso libre de las bibliotecas y ayudar a promover
la sociedad más creativa y productiva posible.
Pero el
utilitarista se pregunta: ¿Cómo sabemos que hará esto el empresario rico?
¿No son algo remotas las posibilidades de que eso suceda? Y existe una
diferencia muy grande entre la violación sexual y un campo de mini-golf.
En todo caso, las consecuencias de un acto de oportunismo financiero no
se comparan con la captura de un criminal. Contesta el kantiano: Otra
vez estamos especulando sobre consecuencias - como si pudiéramos adivinar
el futuro. Y puesto que no podemos hacerlo, el único camino seguro es
apegarse a la norma: No divulgue el número. Recordemos que lo que haga
la
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bibliotecaria
en esta instancia fijará para siempre un precedente para todos los bibliotecarios.
Ese es el imperativo para la categoría de acción que ella está creando.
Toma este camino, y habrá todo tipo de consecuencias. Sí, todos los sospechosos
de violación estarán entre rejas. Pero habrá micrófonos escondidos en todas
las bibliotecas, y viviremos en un mundo sin crimen pero constantemente
atemorizados en un estado-policía al estilo soviético.
¿Qué dice
la Regla de Oro? Aquí el asunto depende de quién es el otro. Si
se trata de la persona que originó la consulta, pues él no desearía que
entreguemos su número telefónico a la policía - especialmente si es un
simple estudiante investigando un trabajo escolar. Por otro lado, si se
trata del detective, él realmente necesita el número. Si se trata de las
otras mujeres que viven en la comunidad, ellas también quisieran que se
colabore con la policía. La decisión de la bibliotecaria dependerá en
parte de quién considera ella como "el otro." Pero sólo en parte. También
dependerá de su concepto de lo que significa preocuparse por los
demás. ¿Expresará su sentido solidario defendiendo los intereses a largo
plazo de una sociedad libre, donde nadie se arriesga por el sólo hecho
de pedir información? ¿O lo hará protegiendo a la sociedad de lo que podría
constituir un peligro inminente?
Tres principios,
tres formas de pensar - y el voto es indeciso. Pondremos al individuo
por encima de la comunidad, o a la comunidad por encima del individuo,
dependiendo del peso específico que asignemos a cada una de estas formas
de razonar.
Esto también
es cierto en el caso de la historia de las moras, que encaja en el paradigma
justicia-versus-compasión. Aquí, el utilitarista recomienda evaluar las
consecuencias. Seguro, que le caiga todo el peso de la ley: ¿pero qué
harás si al día siguiente lees que se suicidó? ¿Qué si su vida personal
estaba tan enredada que cometió un acto desesperado - y si tú le diste
el empujón final sin molestarte siquiera en averiguar qué pasaba? ¿O qué
tal si te plantea una demanda judicial? ¿O si ... ? Considerando todas
las posibilidades, el utilitarista podría inclinarse en favor de no considerar
el plagio como un pecado capital - se inclinaría en favor de la clemencia,
aunque sea sólo por esta vez.
Al kantiano
no le interesan las posibilidades sino las normas. Al recordarte
que lo que tú decidas hacer será la norma de aquí en adelante para todo
jefe de redacción en similares circunstancias, el kantiano desea sentar
un buen ejemplo. Si siempre tuvieras que escoger la misma opción, ¿cuál
debería ser? Aquí la lógica podría
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inclinarse
en favor de la justicia - hacer respetar las reglas, sin preocuparse por
las consecuencias de la acción en este caso particular, y con miras al deber
más amplio de erradicar el plagio. A fin de cuentas, inclinarse en la otra
dirección - apelar a la clemencia como regla infalible - prácticamente anularía
la justicia. Si todos los jefes de redacción siempre actuaran como si la
justicia pudiera pasarse por alto "sólo por esta vez," ¿entonces de qué
sirve la justicia?
La Regla
de Oro, que se concentra en la reversibilidad, nos pregunta, ¿Cómo quisiera
yo que actuara mi jefe en esta situación? ¿Bajo qué circunstancias podría
yo mismo haberme visto obligado a hacer algo semejante? ¿Tengo problemas
personales insuperables? Entonces quizá necesito un buen consejo. ¿Me
atemoriza la posibilidad de fracasar? Entonces tal vez necesito que me
alienten. ¿Estoy obsesionado por la idea de alcanzar el éxito a toda costa?
Entonces tal vez me hace falta una fuerte reprimenda. De hecho, es posible
que esto sea una inconsciente llamada de auxilio - el infractor está clamando
a gritos para que lo descubran, lo castiguen, y lo reformen.
Las decisiones
que hemos examinado son todas difíciles, y todas son difíciles por la
misma razón. Todas enfrentan un bien contra otro. En los capítulos siguientes,
examinaremos el concepto de bueno-versus-malo (Capítulo 2). Examinaremos
lo que significa ser éticamente sano (Capítulo 3). Consideraremos de dónde
obtenemos nuestro sentido del bien, y cómo desarrollamos nuestros valores
centrales (Capítulo 4). Examinaremos en mucho más detalle los dilemas
paradigmáticos (Capítulos 5 y 6) y los principios de resolución (Capítulo
7). En el Capítulo 8 aplicaremos estos paradigmas y principios a una rica
gama de ejemplos tomados de ámbitos privados y públicos. Por último, en
el Capítulo 9 consideraremos la naturaleza de la ética en el siglo XXI
y nuestra relación individual con ella.
Sin embargo,
primero necesitamos explorar algunas respuestas contemporáneas a algunas
antiguas inquietudes. ¿Qué del bien y el mal? ¿Acaso no importa
que la gente haga cosas malas?
A medida
que nos acercamos al final del milenio, ¿cómo anda nuestro barómetro moral
- y qué importancia tiene? ¿Importa realmente la ética?
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Todas las
ganancias devengadas por la venta de éstas publicaciones son
utilizadas para generar fondos para el Instituto de Ética Global.
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